Home | Blogs | Foros | Registrate | Consultas | Jueves 30 de marzo de 2017
Usuario   Clave     Olvidé mi clave
     
Ir a la página de inicioIr a los Blogs
Mi Perfil
Dario Hernandez
Buenos Aires - Argentina
Colombiano de nacimiento, Argentino de corazón.
sin ninguna pretensión, solo el disfrute de escribir.
Archivo de entradas | Mostrar datosDesplegar
Ocultar datos Enero 2013
EL ÚLTIMO VUELO DEL ZORZAL.
oidos sordos primer año
Publique su taller

Últimos comentarios de este Blog

19/01/13 | 09:54: Elena A. Navaro (Falta tiempo para tanto decir) dice:
Exelente texto, impecable tus letras. Saludos Elena
Vínculos
El alquimista y las invasiones inglesas El alquimista y las invasiones inglesas


"Dos novelas cortas componen este libro de Jorge. A. Colombo; la primera, El alquimista y las inv... Ampliar

Comprar$ 20.00

Entrá a Radio La Quebrada

Oidos sordos, palabras latentes


SOLO LO QUE SE ME VIENE A LA CABEZA.


Escribí un comentarioEscribí tu comentario Enviá este artículoEnvialo a un amigo Votá este artículoVotá este texto CompartirCompartir Texto al 100% Aumentar texto

EL ÚLTIMO VUELO DEL ZORZAL.



 

 

  El día estaba un poco gris, aunque las nubes dejaban asomar algunos rayos sobre la cordillera. Era viernes y como de costumbre el pueblo se preparaba para las celebraciones del quinto día de la novena de aguinaldos. Mientras el reloj daba las 10 de la mañana  y la casa se inundaba de olores de guiso y chismes matutinos, mi padre ex coronel de los ejércitos conservadores en una de las guerras del mundo conocido por mí, seguía sentado bajo el cerezo del patio leyendo la prensa. Yo terminaba de preparar mi cuaderno de catequesis y mi ropa de la iglesia, ya que para esos días me preparaba para mi primera comunión y mientras esperaba la hora miraba por mi ventana.

 En la calle la gente seguía su rutina de fin de año. Mi madre y las señoras del pueblo, se levantaban temprano para alimentar las gallinas y palpándolas determinaba cual se ganaría la lotería de ser la carne blanca del sancocho de navidad. Los niños corrían desmadrados carreteando rueditas por las empinadas calles del pueblo, que como todos los pueblos de montaña, retan a la gravedad con sus casas que dan a los abismos a un lado y con los cafetales a otro.   Era un veinte de diciembre de 1935, y Supía Caldas, el lugar que describo era como el último rincón de la tierra conocida antes de atravesar la cordillera. Hasta acá llegaba el tren, hasta acá había carretera. Todos los que llegaban aquí se daban media vuelta y regresaban. Era como estar al filo del mundo.

 

Antes de que se sirviera el almuerzo llamaron a la puerta, era Florencio, el sacristán del pueblo. Urgentemente solicitó hablar con mi padre. La conversación fué intima y casi a susurros, luego mi padre despide a Florencio, se me acerca y tajante me dice: “Deje sus cosas y camine así, hoy no hay catequesis, hoy hay un funeral”.  Extrañado y sin decir nada salí con mi padre hacia la calle. Me preguntaba ¿por qué no sonaron las campanas de la iglesia?, las mismas que anuncian que la muerte hizo de la suyas en el pueblo y así todos nos enteramos. Pensé que por la seriedad de la situación el muerto parecía importante.  Caminamos rápidamente hacia la estación del tren, el viejo ferrocarril de Antioquia que traía noticias y visitantes llenos de mercancías y curiosidades hoy traía algo más.

Los más prestantes del pueblo de Supía y sus alrededores ya se encontraban allí, las mujeres lloraban y los hombres se quitaron los sombreros posándolos en el pecho con una mirada triste. Mi padre hizo lo mismo y yo sin saber nada solo baje mi cabeza.

 

Lentamente el tren se detuvo y del vagón de primera  clase descendió un hombre vestido de negro, con chaqueta y pantalones de paño. Su cabello perfectamente peinado a pesar de que acababa de sacarse el  sombrero. Era muy blanco y su piel algo enrojecida por el calor, parecía uno de esos cantantes de las películas que proyectaban en el atrio de la iglesia, los mismos que cantaban enamorados a mujeres hermosas.

 El cura y el alcalde le dieron la bienvenida, mientras el hombre altivo y serio los saludo con respeto. Me llamó la atención su acento, era muy particular, de pronto detrás de él una cuadrilla de muchachos salían a discreción y sincronizados bajando un féretro brillante y plateado de un tamaño enorme y acompañado por una comitiva de Medellín. El hombre altivo se acerco a nosotros, mi padre lo saludo y me dijo: “mijo salude al embajador”. Absorto por la imagen de aquel inmenso cajón, salude al misterioso hombre sin quitarle los ojos de encima a ese espectáculo casi irreal de estar dándole la bienvenida a un muerto.

La banda del pueblo toco el himno nacional y prosiguió con un popurrí de música popular, el mismo que tocaban en la novena y en las celebraciones de la cosecha del café y las verbenas de la iglesia. Mi confusión fue mayor al escuchar las canciones que cantaban mi padre y sus amigos al calor del aguardiente en la sala de la casa en plena procesión. Y yo pensaba: ¿Luego esto no es un funeral?

Las ocho cuadras hacia la iglesia se llenaron de los habitantes del pueblo, agitaban pañuelos y con sus vestidos de luto, las muchachas lloraban al muerto como si fueran sus viudas. Impresionado seguí caminando al ritmo de los aplausos de aquellos que se asomaron a sus balcones y vitorearon a la comitiva, y lanzaban flores al paso del resplandeciente cajón.

Había visto esta clase de recibimiento hace unos meses cuando Gildardo y Paulino los gemelos de mi tía Hortensia regresaron de la guerra contra el Perú, ellos eran héroes, héroes de la patria, pero no entendía por qué tanto bochinche por un muerto que trae un embajador.  Veía a mi padre muy afectado y triste así que no me atrevía a preguntar. La curiosidad me carcomía las tripas, ¿quién será el muerto?  No paraba de mirar ese sarcófago brillante y misterioso, las canciones y la celebración continuaban por las calles estrechas  y mas y mas personas se agolpaba. Así me di cuenta que todos y cada uno de los residentes del pueblo estaban allí.

La fila de la comitiva y los ilustres ingresaron a la iglesia, mientras yo agarrado fuertemente de la mano de mi padre tuve el privilegio de entrar. Los cuatro policías del pueblo se apresuraron a cerrar las puertas, mientras la gente y la música seguían fuera emocionadas por el visitante. Veía a mi padre tan absorto y pensativo, que no tuve las agallas de hacer las preguntas que mi cabeza había destilado y mi lengua encerraba con fuerza para no importunarlo.  Mi imaginación empezó a tratar de dar respuestas: Pensé en que podría ser un antiguo rey de un país lejano que se perdió y mientras buscaba el camino a casa vino a parar acá, al fin del mundo y antes de dar la vuelta como hacen todos se murió. También pensé en que podría ser un mago, que como parte de su acto se hacia el muerto y volvería a la vida en una gran fiesta el día de navidad, o en año nuevo. Tal vez ahí no había un cadáver, sino un tesoro de un pirata que se le perdió el mar, o de algún bandido de la guerra con los que peleo mi papá. Pensé en esas y otras mil alternativas.

El padrecito hizo una bendición al brillante cajón y lo dejo velando como hacen con los muertos al otro día que de que se mueren. Las señoras iniciaron con las oraciones de rigor, incluyendo la repetición del “dale señor el descanso eterno y brille para él la luz perpetua”, una y otra y otra vez. Ahí supe que si era un muerto, un muerto viajero, un muerto visitante de poblaciones que era famoso por no estar enterrado e iba de un lugar a otro recibiendo homenajes. Me sentí un poco satisfecho al pensar que esa era la respuesta. Ya se hacía de noche y mi padre y yo decidimos salir de allí.

No pude pegar el ojo, la oscuridad de mi habitación era cómplice de mi imaginación y todo lo que mi mente me regalo en el transcurso de este extraño día, me lo reclamo dándome ideas oscuras  llenas de miedo y terror. Mi mente me mostro después al extraño dentro del ataúd, como el clásico vampiro de los libros de la biblioteca de la casa y los cuentos oscuros que me contaba la tía Hortensia acompañaron mis pesadillas; mostrándome los incontables fantasmas con los que amenazó mi tranquilidad cuando no me tomaba la sopa o cuando no ponía atención en misa. Todos se reunieron alrededor del ataúd brillante y misterioso que reposaba en la sala de velación de la parroquia y del que todos sabían menos yo. Luego en medio de la noche, la luz de la biblioteca se coló por debajo de mi puerta y el sonido de las chicharras de monte que cantan toda la noche hasta estallar, estaban acompañado la música melancólica y sentida que venía del toca discos de Papá. La voz del hombre que cantaba esas frases de amor era un contraste entre la felicidad y la nostalgia y la música navegaba sobre tiempos fuertes y profundos. La oí mil veces pero solo aquel día la escuche de verdad. Sin darme cuenta camine a través de la noche por el patio hasta la puerta del estudio. Vi a mi padre en su silla de cuero y aun vestido con el traje del funeral, sentado escuchando con la mirada perdida y un aguardiente en la mano. Me acerque a la puerta y el con una mirada tierna me pidió que entrara y me senté en su regazo. Nunca lo había visto triste hasta ese día. “Es Tango” me dijo y sin advertirlo empezó a contarme la historia de aquel que cantaba y añoraba su Buenos Aires querido. “Carlitos Gardel” me dijo que era su nombre, de fina estampa, talentoso y buen amigo. Un hombre del mundo, porque nadie sabía exactamente donde había nacido y explicaba que cada canción hablaba del amor a las cosas más puras de un hombre.

 Me hablo de la tierra a la cual él le cantaba, del rio de la plata y una llanura gigante que llegaba realmente al fin del mundo, me hablo de lo mucho que quería conocer esa tierra y el encanto que su amado tango le transmitía directamente al alma.  Al final esa fragilidad fue demasiada y con su tierna pero autoritaria vos me dijo que era muy tarde y que me fuera a dormir. Nuevamente fui incapaz de preguntarle sobre el ataúd de plata y sobre el embajador y todos los extraños acontecimientos del día. Rendido fui a mi habitación y pude dormir.

En la mañana desperté, mi papá ya había salido así que me prepare para salir disparado a la iglesia y resolver el misterio. Me lancé al baño y me tire agua más rápido de lo normal, me vestí como pude y hasta olvide tender mi cama. Tome el chocolate de un sorbo y comí las arepas del desayuno sin masticarlas casi. No había corrido tan rápido como aquel día. Las calles estaban desoladas pero luego me estrelle con la multitud formada nuevamente alrededor de la plaza principal. Entre la muchedumbre cruce hasta la procesión que llevaba de nuevo al resplandeciente ataúd hasta su última morada. Agarre a mi papá de la mano y asumí nuevamente la actitud de luto para no desentonar. Mis dudas serian resueltas cuando llegáramos al cementerio y al menos, la lapida de la tumba donde llevábamos al cajón misterioso revelaría un nombre y tal vez un epitafio que descifraría el misterio. La calle principal se acabo, allí estaban las puertas del panteón municipal donde además de los fundadores del pueblo, reposaban los habitantes prestantes, incluyendo a mis abuelos.

Pero cuál sería mi sorpresa al ver que la procesión pasaba de largo. Fue un escalofrío lo que sentí cuando resolví que tal vez aquel personaje no merecía estar en el campo santo y seria sepultado en el cementerio de los suicidas, el lote contiguo lleno de almas perdidas y cadáveres sin nombre, de enemigos de las guerras que tuvieron lugar aquí, así como de aquellos hombres y mujeres que por amor o tristeza resolvieron matarse a sí mismos. Pensé que aquel misterioso ser entre la caja era un suicida. Pero el ataúd y su escolta siguieron de largo.  Mi mente se confundió y olvide el pudor respetuoso de la situación y como un infante inconsciente le pregunte a mi papá en vos alta: ¿para donde van con ese muerto entonces? Mi padre se quedo paralizado de la vergüenza, en ese momento el hombre del sombrero y la gabardina, el señor embajador se dio vuelta y se me acerco. Con suave vos me dijo: “Carlitos debe volver a casa”. 

En silencio continuaron su camino hacia la montaña y los vi en silencio adentrarse por los caminos antiguos del libertador cruzando la montaña hacia el pacifico y el resplandor plateado brillaba con el sol entre la espesura del monte y pocos sabrían que aquel gran cantante, aquella estrella del cine y conquistador de almas, que aquel ser inmortal por la música y la poesía se remontaba por el verdor de la montaña a lomo de mula, el cual, para volver a su hogar tuvo que pasar por este pequeño pedazo del mundo y lo cambio para siempre.

 

Sin decir nada más regrese a casa, compadeciendo a mi padre porque de inmediato supe que en esa caja estaba el hombre que mi padre más admiró, y respeto después de mi abuelo.

Con el tiempo todo siguió como era antes y la vida continúo su curso luego de que el misterio más grande de mi niñez fue resuelto. Después supe como fue la historia completa.

El gran Carlitos Gardel remontaba el cielo haciendo una gira por las tierras Colombianas. Llevaba su música a todos los rincones donde lo querían escuchar. En Medellín fue víctima de un accidente causado por una absurda competencia entre dos pilotos y su avión después de despegar impacto al que esperaba en la pista. Su cuerpo fue enterrado en la ciudad de Medellín y permaneció allí seis meses sin poder regresar a su casa. Por las eternas medidas burocráticas de esta tierra enredada, no se le permitió salir por el Atlántico. El embajador Argentino debió cruzar la cordillera por caminos de herradura hasta salir al pacifico, al puerto de Buenaventura y embarcarse con Gardel cruzando de un océano a otro por Panamá y llegando luego a New York para regresar a Buenos Aires.


Hoy mientras narro esta historia recuerdo como conocí a un gran hombre al que nunca vi. Y recorro la calle Corrientes, la misma que resplandece de luces hasta que muere en el cementerio de la Chacarita, allí donde terminó el último vuelo del Zorzal, me alegra saber que regresó al lugar de donde realmente pertenece y descubrí que algunos hombres de una manera u otra permanecerán inmortales y vivirán por siempre.


Calificación:  Votar Aún no han votado este texto  - Ingresá tu voto

Comentarios de nuestros lectores - Escribí tu comentario
Últimas entradas del mes


Radio La Quebrada Radio de Tango Indexarte Escribirte OccidentesEscuchanos
Noticias | Efemérides | Novedades | Ventas | Biografias | Textos | Audio | Recomendados | Entrevistas | Informes | Agenda | Concursos | Editoriales | Lugares | Actividades | Blogs | Foros | TiendaFundación | Letras de Tango I | Letras de Tango II | Contacto | Boletín
© 2006-2017- www.escribirte.com | Todos los derechos reservados   | Diseño Web | Canales RSSRSS